El País, 12 de Abril 2008.

Dejar el mercado de la plaza del Maréchal Leclerc, bajar por la calle de Camille Pelletan hasta el paseo marítimo -saludar a las barcas de vela latina amarradas en el puerto-, sentarse en alguna de las terrazas -a poder ser, la del Petit Café- cuidando de guardar la misma distancia respecto del Château Royal y de la iglesia de Notre Dame des Anges, pedir un gin-tonic al camarero y dejar pasar la tarde con la vista repartida entre el mar y la bahía, fueron ésas las instrucciones que habíamos recibido; con eso, nos dijeron, ya tienes pagado el viaje, y no se equivocaban. El campanario de la iglesia a un lado -construido sobre las instalaciones de un antiguo faro de piedra- y la silueta del castillo templario al otro enmarcan y protegen la playa y el embarcadero, y no es difícil pensar en abandonarse allí hasta que algún accidente natural o climatológico nos fuerce a llevar a cabo algún tipo de movimiento, pero la tarde avanza y es el hambre el que nos obliga a movernos, a recorrer el lugar y a enterarnos de sus secretos. He aquí a grandes rasgos lo que fuimos averiguando.

Collioure es un poblado medieval ubicado en la costa del Rosellón, allí donde los Pirineos se encuentran con el Mediterráneo. Destino privilegiado de navegantes fenicios, griegos y romanos, en el año 673 devino definitivamente puerto comercial bajo la ocupación de los visigodos, que lo bautizaron con el nombre de Caucoliberis (puerto de Elne). Entre los años 1276 y 1344 se convirtió en la residencia de verano de los reyes de Mallorca, y en 1462, recuperado el territorio por parte de Francia, se modificaron las fortalezas y la localidad adquiere su actual fisonomía. Desde entonces, los colores y la luminosidad de Collioure han inspirado a más de un artista.

Barra en forma de proa

Hay sobre la calle de Camille Pelletan, justo frente al castillo, un bar-restaurante llamado Les Templiers, en cuyas paredes cubiertas de cuadros puede leerse parte de la historia artística del poblado. Casi todos los nombres ilustres asociados a la villa -no son pocos- tienen alguna anécdota que se relaciona con el lugar, cuya barra adopta la forma de la proa de un barco. Cuentan que en el verano de 1905, y rastreando la luz inspiradora, llegó hasta allí el pintor Henry Matisse, y que, fascinado por su hallazgo, pidió inmediatamente a su amigo André Derain que le siguiera. La deslumbrante luminosidad del paisaje, así como la explosiva y armónica combinación de colores, detonaron en ambos la necesidad de formas nuevas en las que poder plasmar toda aquella voluptuosidad. Nacía así el primer movimiento vanguardista del siglo XX, el fauvismo, que negando los preceptos clásicos en el uso del color y de la perspectiva abría el campo para toda suerte de exploraciones. «El cuadro debe poseer un poder de generación luminosa. Ese poder se revela cuando la composición, puesta en la sombra, conserva su calidad y cuando, puesta al sol, resiste su destello», explicaba su fundador en el Salón de Otoño de ese mismo año. Al parecer, ambos amigos (así como también Dufy, Maillol, Juan Gris o el propio Picasso) fueron asiduos visitantes de Les Templiers, en cuyo libro de huéspedes aún se conserva un dibujo de Collioure realizado por Matisse.

Pasear por el casco antiguo -el barrio de Mouré- nos pone en contacto con las innumerables galerías de arte que ofrecen sus obras al público. Las calles estrechas y llenas de pendientes parecen rendir tributo, en el colorido de sus paredes, a los trazos de los maestros que lo supieron descubrir. Hay de hecho toda una ruta del fauvismo, a través de la cual se puede comprender mejor el nacimiento del movimiento, veinte diferentes perspectivas con su correspondiente reproducción de la obra que la inmortalizó. Los miércoles y los domingos se coloca en la plaza un alegre mercado que parece haber sido sacado del decorado de una película. En el mismo sitio en el que antes no había nada se reparten ahora los puestos de especias y de esponjas, de quesos, panes y frutas, de flores y de ostras para tomar allí con vino blanco. Es tal el colorido que inunda los sentidos que uno sería capaz de comprarlo todo. Como para satisfacer la ansiedad, nos hacemos con un par de botellas de vino, un trozo de pan y alguna que otra variedad de queso; las anchoas, al parecer, son la especialidad del lugar.

Al salir compramos flores. A pocos metros de la entrada al cementerio de Collioure se encuentra la tumba en la que las depositamos. A grandes rasgos conocíamos la historia de Machado, de su muerte desterrada en las calles que nos cobijan. No sabíamos, sin embargo, que junto a él yace su madre, y al comparar las fechas de una tumba y de otra el alma se nos encoge: ella se fue tres días después que su hijo, palpable recordatorio de la forma en que el dolor puede extinguir una vida.

Historia de familia

Por la noche, un descubrimiento agradable. Las mesitas del Petit Café que por la tarde nos recibieron pertenecen a un local del mismo nombre que se encuentra dentro del muro, en la calle de la Prud’homie. Animo a cualquiera a que se dé una vuelta por ahí. Ya quisiera el mejor barrio de la capital más coqueta contar con un bar diseñado con tanto esmero. Las acuosas formas del techo se combinan con las terminaciones art nouveau de la barra y con las reproducciones de Alphonse Mucha que inspiraron al arquitecto parisiense que lo diseñó. Su cantinero yugoslavo, el señor Hicolitch, nos explica que pertenece al mismo dueño de Les Templiers, y nos pone al tanto de paso de la historia de la familia. Al parecer, el actual dueño heredó el negocio de su padre, y éste, del suyo, el fundador de la saga. Este último, el primero de los Pous, fue el encargado de recibir y dar de comer a los pintores fauvistas y también a algún que otro escritor. ¿Han visitado ustedes la tumba de Patrick O’Brian?, nos pregunta Rajko Hicolitch. Le explicamos que no sabíamos que estuviera enterrado allí y nos enteramos de que vivió cincuenta años en Collioure, que fue allí donde escribió la mayor parte de su obra, incluidas las aventuras del capitán Jack Aubrey y de su amigo el doctor Stephen Maturin, sobre las que se basó luego el guión de Master and comander. Parece que la cosa viene de cementerios. Al día siguiente tenemos planeado regresar por la ruta de la costa y pasar a visitar el memorial de Walter Benjamin, en Portbou. Una escalera que desciende al mar nos recuerda el punto exacto en el que, asediado por ambos costados -nazis de un lado, franquistas del otro-, decidió poner fin a su interminable huida.

Dejar el mercado de la plaza del Maréchal Leclerc, bajar por la calle de Camille Pelletan hasta el paseo marítimo -saludar a las barcas de vela latina amarradas en el puerto-, sentarse en alguna de las terrazas -a poder ser, la del Petit Café- cuidando de guardar la misma distancia respecto del castillo y de la iglesia, pedir un gin-tonic al camarero y dejar pasar la tarde con la vista repartida entre el mar y la bahía, fueron ésas las instrucciones que habíamos recibido. Obedecemos y mientras lo hacemos el aire se tiñe de despedidas. A nuestra memoria viene de pronto el epitafio de Machado: «Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar». Que así sea.


Leer Mas

El País, 19 de Mayo 2007.

Maravillosa decadencia. Ejercer de turistas en Roma es caminar entre palacios, estatuas y plazas con la respiración contenida. Y compartir una pizza en animada charla con los romanos.

Me gusta Roma porque es una especie de jungla misteriosa en donde uno puede esconderse, dice el personaje de Marcello Mastroianni en La dolce vita; y algo de eso hay. A las construcciones clásicas se van adhiriendo como la hiedra otras más modernas, palacios barrocos o renacentistas que dibujan el mapa de unas calles por las que las motos y los coches circulan sin orden ninguno. Si en París los monumentos están precedidos de graves explanadas, en Roma se aparecen superpuestos en cualquier esquina, amontonándose unos sobre los otros con el descuido con que el tiempo los ha ido repartiendo.

En Roma parece que todos estuvieran improvisando, pero que lo vinieran haciendo desde hace mucho tiempo. Cada día se levantan con un plan apenas aproximado de lo que la jornada les depara, y no porque no sepan adónde van ni a qué se dedican, sino que son esos detalles secundarios, disfraces intercambiables, accidentes pasajeros. Dos camareras somnolientas sacan a la vereda las mesas de la terraza. Falta colocar la última cuando descubren que ya no hay sitio y, sin hacerse demasiado problema, la vuelven a guardar.

Salimos a ejercer de turistas. Agobiados por la marea de peregrinos del Vaticano, descendemos la Via de la Conziliazione hasta el castillo de Sant’Angelo, concebido como mausoleo para el emperador Adriano y utilizado más tarde por los papas como refugio en épocas de revuelta. Al parecer, un pasillo subterráneo les daba acceso desde la Santa Sede. Nos giramos para obtener una de las mejores vistas que existen de la cúpula de San Pedro, y en el fondo creo que nos alegramos de ya no estar allí. La plaza es impresionante; la Capilla Sixtina y La Piedad,francamente imperdibles, pero además del amontonamiento y las colas interminables no deja de haber algo de siniestro en ese sitio, algo que evoca la peor parte de la decadencia del imperio y que aún habita en sus muros.

Leyes y dioses

Cada historia de Roma forma parte de nuestra historia. Desde el idioma hasta las leyes, desde la arquitectura hasta los dioses. Cruzamos el puente sobre el Tíber y nos adentramos por la Via del Governo Veccio en dirección a la plaza Navona, rodeados de palacios del quattrocento y del cinquecento, de tiendas de libros y de discos, y de ropa de segunda mano.

El marco impone respeto, pero hay distensión en los cuerpos, como si el ser imperio hubiera dejado la despreocupada certeza de que querer abarcar el mundo implica demasiado trabajo y ya nadie añorara esas épocas de opulencia. Como el noble al que han cesado en sus funciones y que, luego del primer impacto, comprende que aún tiene el castillo, sólo que sin las obligaciones, así habitan los romanos su ciudad.

La decadencia muestra entonces su cara más amable, como si le estuvieran diciendo a uno: «Mire, aquí están las ruinas, mírelas todo lo que quiera y, cuando se haya cansado de mirar, venga a comer una pizza, a oír música y a bailar un rato, que es lo que en definitiva importa». Así pasan los cuerpos voluptuosos de las romanas, con suficiencia despreocupada, con soltura y desparpajo, y así lo celebran alborozados los romanos, gente que no mira poco, llenos de viejos sus parques.

Y más allá, cruzando el río, las risas llegan desde el Trastevere como ecos de los etruscos, señores de la comarca antes de que la ciudad tomara la otra orilla, de que Nerón la incendiara y la reconstruyeran, de que se erigiera en el arrabal en donde los recién llegados de todas las épocas se mezclaban.

Estuvimos en las afueras, visitando las catacumbas. De regreso bajamos del autobús para adentrarnos a pie en la ciudad a través de la puerta de San Sebastiano, una de las más grandes y mejor conservadas del muro Aureliano. Jugando a Astérix y Obélix nos dejamos envolver por la tranquilidad del bosque, descubriendo entre los árboles palacios escondidos mientras las piedras de la Via Appia vigilaban nuestros pasos.

Estatua parlante

El recorrido toma varias horas, pero vale la pena para quien guste de caminar. Entrar de esa manera le otorga otro rostro a la ciudad. Visitamos las termas de Caracalla y, luego de un rato, desembocamos en el Circo Máximo, y desde ahí, a la zona del Foro. El atardecer nos encontró mudos y lejanos, con la sensación de haber rozado el manto con el que la historia gusta de disfrazar el tiempo. La luna sale enorme desde atrás del Coliseo y los coches siguen su marcha, escandaloso recordatorio de que, ajena a tanta ruina, la ciudad continúa latiendo, salvaje y bulliciosa.

Existe al final de la Via del Governo Veccio una plaza con el nombre de Pasquino. En uno de sus rincones nos encontramos con un busto sobre el que han sido colocadas diversas leyendas en papel. Un viandante me explica que se trata de la primera estatua parlante de la ciudad, el primer weblog de la historia. Desde hace siglos viene sirviendo de pizarra para colocar críticas contra el Papa y los gobernantes. Todo lo que oprime la mente se debe decir, me explica el improvisado guía, de otra forma se queda dentro y hace daño.

La noche nos encuentra en la Montecarlo, una pizzería cuyas mesas invaden la mayor parte de la calle de Vicolo Savelli. En largas tablas comunes comemos por un precio módico. La comida es excelente, pero mejor es la compañía. Haciendo bromas con los de al lado, me explican lo curioso que les resulta oír hablar de la época de los romanos, porque es lo que ellos han sido desde siempre. Bromeando, les pregunto entonces por sus togas. Hábil de reflejos, uno de ellos alza una mano con dos dedos en V. Cinco cervezas, pide al camarero. «Las ropas las hemos cambiado, pero los números aún los usamos». Vuelvo a Astérix un momento: están locos estos romanos.


Leer Mas

El País, 23 de Diciembre 2006.

Si alguno de los habitantes de Pasai Donibane nos dice que vive en el número ocho, lo normal sería preguntarle la calle. Esto no es necesario aquí y la razón es muy simple: no hay más que una. La delgada franja de tierra que la ladera de la montaña cede a la costa no ofrece alternativas. Así, desde su construcción en épocas medievales, el poblado ha tenido muy pocas oportunidades de crecer o transformarse. Lo que era es lo que es, una calle serpenteante de piedra y madera a orillas de la cual se reparten espontáneas las coloridas casas de los moradores. Los juegos de luz y sombra son dramáticos y secretos. El musgo crece en las paredes al calor de una humedad antigua. Si sale el sol todo reluce, como si de pronto despertaran las barcas y las casas. Pero es el gris el tono que mejor le sienta a la comarca, el que agrava el color del mar y enciende el verde de la flora cantábrica. Si les dieran a elegir, pidan un día nublado.

A Pasai Donibane-San Juan se llega de casualidad. Enclavado en la vereda oriental de la bahía de Pasaia (Pasajes), contrasta con sus vecinos en la terca forma en que ha olvidado el tiempo. Bajando desde Hondarribia por la carretera de Jaizkibel y descendiendo el monte del mismo nombre, nos encontramos de pronto con una zona industrial que desmiente las descripciones de quienes nos han enviado. Modernas grúas invaden el paisaje y enormes hangares decoran la costa. Girando a la derecha, sin embargo, llegamos a un aparcamiento. El coche se queda allí a la espera y nosotros nos adentramos andando en la sinuosa columna vertebral del pueblo. Pasamos la iglesia de San Juan Bautista que junta los hombros y se espiga hacia el cielo a la sombra del angosto desfiladero, nos detenemos en los graves portales de madera maciza y salvamos los arcos de piedra que sostienen las casas: si quieren llegar de la montaña al mar, no les queda más opción que levantar un puente sobre la calle. En cualquier rendija que se abra o a través de sus propias ventanas, el mar aparece y desaparece a la izquierda del camino.

Enormes mercantes

Del otro lado de la bahía, como venida de otra época, se erige la silueta de Pasai San Pedro, vecino y cofundador del portuario municipio. Pasaia es el puerto comercial más importante de Guipúzcoa, y la actividad de los enormes mercantes se combina con la más tradicional de las barcas y las traineras. La tradición del remo, tan extendida en todo Euskadi, tiene en estas costas una particularidad añadida. En las pausas de la faena, cuando las trainas o redes de fondo están ya en el agua y la actividad ofrece un recreo, los hombres colocan partituras sobre la espalda de su compañero arraunlari, y ensayan con instrumentos autóctonas melodías. La popular Tamborrada Arrantzale Sanjuandarratiene su fundamento en este hecho.

Un poco más allá nos encontramos con el astillero de Ontziola, un centro de investigación y construcción de embarcaciones tradicionales vascas que mantiene vivo el oficio de la carpintería de ribera. El último proyecto en el que se han visto embarcados ha sido la construcción de una chalupa ballenera de nombre Beothuk, que fueron a probar en aguas canadienses, las mismas hasta las que los pescadores de bacalao y cazadores de ballenas vascos se desplazaban a faenar en el siglo XVI. La experiencia de la zona en la construcción naval es vasta y prestigiosa, siendo cuna de carabelas como las de Colón y de parte de los navíos de la Armada Invencible. Con paciencia de anciano y mientras raspa la madera, Marcos me explica los pormenores de la expedición de la Beothuk -documentados en una cinta que el realizador holandés Oliver van der Zee termina de editar por estos días-, así como los detalles de la construcción de otros proyectos. La mañana se nos va entre derrotas y aparejos.

Seguimos caminando con la intención de alcanzar el camino de puntas, pero la suave llovizna que hasta entonces nos acompaña se decide por fin a transformarse en lluvia. Para mañana quedará la bocana y el mar abierto. Hoy toca refugiarse en el primer apeadero que nos reciba y que resulta ser el bar de los jubilados. Para quitarnos el frío de los huesos, Josexo nos convida con su afamado carajillo, conocido, según él, entre los pescadores de todo el Cantábrico. Servido en el mismo vaso en el que se bebe todo en estas tierras -el azúcar quemándose en el borde, los granos de café sumergidos en el brebaje-, lo paladeamos en las mesas que enfrentan la bahía, y, mirando la lluvia que cae en el agua, evocamos los tiempos en que desde allí salieron galeones y bajeles en busca de puertos nuevos.


Leer Mas

El País, 02 de Septiembre 2006.

Ayer estuve en Francia. Fui caminando. Tren hasta el valle de Nuria, y desde allí, atravesando los Pirineos, hasta la cuenca del Carança, el mismo camino que muchos republicanos tuvieron que hacer años atrás. Su recuerdo, inevitablemente, impregnó parte del camino.

Nunca había ido andando hasta otro país. Resulta curioso saludar a alguien en castellano y algunas horas después oír que el próximo ser humano nos lanza un local bonjour, sin que ninguna frontera visible haya sido salvada. Paso a paso, el valle va dando lugar a la montaña. Si se lo están preguntando, la respuesta es no: no existe ninguna línea blanca que indique el límite entre ambos países. Sólo los picos y las piedras, mudos testigos de todo el que por allí haya pasado, escondido o a pleno sol, de paseo o en busca de un destino no escogido.

Primera etapa

Dejamos el santuario de Nuria a las once de la mañana. La primera etapa consiste en una ascensión de 800 metros hasta los 2.796 del collado de Neucreus, máxima altitud que nuestro recorrido alcanzará. Con las mochilas en la espalda salvamos el sector de las pistas de esquí y nos encaminamos hacia el puente de L’Escuder. Los prados ofrecen el aroma y el verdor que sólo las zonas de montaña conocen. El sol se deja caer inclemente sobre un aire reseco que a medida que ascendemos se vuelve más y más liviano, y un grupo de vacas pasta mansamente junto al arroyo.

A mitad de camino, el terreno se vuelve pedregoso. Aún pisamos el verde, pero los manchones de roca cada vez más frecuentes anuncian la inminente entrada en el páramo. De pronto, un movimiento llama nuestra atención. Se trata de un grupo de cinco marmotas que se nos quedan mirando y que, curiosamente, no lanzan ningún aullido. Me explican que es raro verlas, ya que generalmente la que oficia de vigía lanza un grito al divisar a un intruso y todas corren a esconderse. Éstas, sin embargo, se muestran curiosas. Un poco más arriba y sobre la otra cara del circo aparece un grupo de unos veinticinco rebecos que también nos observan antes de desaparecer. Con agilidad asombrosa sortean los riscos a saltos. Se inicia así la última parte de la ascensión, que se corresponde también con la más dura. Un desnivel del 45% nos separa de la cima.

Es extraño el vértigo. No soy especialmente propenso a padecerlo y no puede decirse que haya sido eso lo que sufrí, pero en aquella última parte de la subida he de reconocer que la caída que dejábamos a nuestras espaldas, sumada a la imponente vastedad del escenario, logró intimidarme por momentos. Alcanzamos la cumbre a las dos horas de marcha y con un agotamiento de piernas que prometía hacerse notar en el descenso que nos esperaba: unos novecientos metros hasta los 1.831 del refugio. Descansamos junto a las cruces, que, a pesar de lo que se diga, son diez y no nueve. En un primer momento pensamos que se trataba de maquis, pero al parecer rinden homenaje a un grupo de montañeros que se vieron sorprendidos allí por una tormenta. Miramos hacia Francia y el tiempo parece bueno. El parte lo anuncia estable hasta la tarde del día siguiente.

Sobre el principio del lado francés, algunos lagos se reparten aquí y allá, y resulta curioso observarlos desde arriba. Manchones de gris metálico en medio del yermo pedregal. Al parecer, la cara norte guarda mayor humedad que su vecina, lo cual se verá confirmado en los bosques de pinos que nos esperan abajo. En el primer lago hacemos una parada para refrescarnos. Bebemos y comemos, y hasta nos permitimos una breve siesta. El sol comienza a dejar su marca en las zonas expuestas a pesar de las precauciones que hemos tomado al respecto: cremas protectoras, sombreros de alas anchas y ropa liviana y de colores claros. Las botas de trekking se hacen indispensables. A medida que descendemos, el valle comienza a angostarse y el verde parece invadir cada rincón. Un rebaño de vacas rubias ataviadas con grandes cencerros termina por definir el aroma suizo de la estampa. Atravesamos tres lagos más y nos sumergimos en el bosque, que, luego de un par de horas, nos conduce hasta el refugio. La noche se anuncia oscura gracias a la ausencia de luna, ideal para sentarse a contemplar las estrellas. Una imponente pared mineral sirve de marco a la llanura. Nos disponemos a esperar el comienzo del espectáculo, pero el cansancio nos traiciona y no llegamos a verlo.

Segunda etapa

Nos levantamos temprano. Queremos alcanzar el tren de las dos en Thués-entre-Valls, para lo cual debemos descender aún otros mil metros. El tren es el Traine Jaune, que recorre gran parte de la Cerdanya francesa, desde Villefranche-de-Conflent hasta La Tour de Carol, en la frontera, donde conectamos con el que nos llevará de vuelta a Barcelona.

 

El descenso se hace duro por la abundante vegetación y por lo estrecho del terreno que el valle deja al cauce. Pasarelas y puentes colgantes ayudan al caminante a sortear el río en algunos tramos, sobrevolando literalmente sus saltos y cascadas. El final guarda una sorpresa no apta para vértigos extremos: un corredor de un metro de ancho abierto en la roca con una caída libre de unos cien metros al costado debe ser salvado antes de llegar. Un cable de acero adosado al muro que hace las veces de pasamanos ayuda a volver la experiencia algo menos traumática.

Llegamos a Thués-entre-Valls y, después de refrescarnos, nos dirigimos a la estación donde cogemos el tren amarillo. El recorrido es tan impresionante como nos habían prometido, el verano exagera la luz de los bosques y de los prados, y mecidos por el traqueteo de la vieja locomotora, antes de darnos cuenta alcanzamos nuestro destino. La Tour de Carol, todos abajo. Sobre el muro de la estación -y por si el espectacular paisaje me lo había hecho olvidar-, una placa me recuerda el carácter histórico del camino transitado: «En recuerdo de los republicanos españoles que pasaron por esta estación camino del exilio en febrero de 1939». Con ellos en el pensamiento dejamos atrás los Pirineos.


Leer Mas

El País, 24 de Junio 2006.

Huele a menta. En el barrio de las lanas están tiñendo de verde. Probablemente el aroma se mantenga todo el día. Olerá a azafrán cuando tiñan de amarillo, a amapola cuando toque el rojo, a cedro cuando llegue el turno del marrón, a henna cuando el naranja. Los mismos pigmentos con que tiñen los cueros en las curtiembres, sólo que allí no se logran percibir. El hedor ácido y penetrante de las pieles de los animales inunda el aire, obligando a los paseantes a llevar puñados de hierbabuena bien pegados a la nariz.

Las calles de la medina de Fez -con sus 155 hectáreas, sus 150.000 tiendas, sus 14 puertas desplegadas a lo largo de sus 15 kilómetros de perímetro amurallado- representan un laberinto al que resulta difícil acceder sin la ayuda de un guía. Los trabajadores del cuero, la madera, la seda y la lana; los artesanos de la plata, el hierro, el bronce y el cobre; los sastres, y los comerciantes, y los vendedores de especias, se reparten en barrios organizados según el gremio, y entre todos circulan febrilmente las mercancías. ¡Balak, balak! (cuidado, cuidado) es el único sonido que el visitante aprende a distinguir para apartarse en el momento en que uno de los cientos de burros pasa obcecado con su enorme carga a cuestas. El entramado de luz y sombra que los distintos tipos de techumbre dibujan sobre el suelo ayuda a embotar los sentidos. Pocas veces se vieron éstos asediados por tantos estímulos. Si no son los gritos de hombres y animales, son los incesantes golpeteos de los que trabajan en sus talleres, o los aromas que envuelven el aire, o los colores que lo decoran. Todo está vivo allí, todo se mueve. Como en los túneles de un desquiciado hormiguero, nada parece dispuesto a detener su marcha, como si de ello dependiera el devenir del universo.

Nuestra entrada al país se produjo a través de Marraquech. A vuelo de pájaro, la ciudad se aparece como una mancha verde en medio del desierto. Cuenta la leyenda que los almorávides que bajaron del Atlas para fundar el país hicieron noche al lado de un pozo, en donde asaron sus corderos y comieron sus dátiles. Para sostener sus tiendas utilizaron las propias lanzas, y una vez que se fueron, el viento arrastró hasta los agujeros dejados por éstas las semillas de los dátiles que habían ingerido. Alimentados por las aguas subterráneas, nacieron así los palmerales que pueblan desde entonces ese rincón de Marruecos. El centro neurálgico de aquel antiguo oasis lo constituye en la actualidad la plaza de Yemaa el Fna, corazón de la ciudad vieja y escenario de las más diversas actividades. Saltimbanquis, contadores de historias, músicos y encantadores de serpientes se mezclan durante el día con los curanderos que ofrecen sus hierbas y con las paradas de fruta fresca. Al caer la noche, el paisaje se transforma en un hervidero de puestos de comida que ofrecen sus manjares a los paseantes. Una al lado de otra, cientos de mesas decoradas y rebosantes de platos reúnen a los comensales en largos bancos de madera, desde los que dan buena cuenta de las especialidades locales. Miles de bombillas desnudas pueblan el espacio aéreo como un ejército de luciérnagas. Han cambiado los actores, pero la febril actividad permanece, y se mantendrá encendida hasta bien entrada la madrugada.

Ait Benhadu

Algunos kilómetros hacia el sur de Marraquech, el pueblo bereber lucha por mantener su cultura al abrigo de los pliegues de las colinas del Atlas. Se trata de los primeros habitantes de la región, y han resistido el paso de fenicios y romanos, árabes y franceses. La raíz de su lengua se pierde en la noche de los tiempos y resulta al oído tan atractiva como extraña. Una cita ineludible si se tiene tiempo y ganas la constituye lacasbah de Ait Benhadu. Levantada en tierra sobre las colinas, traslada la mente a escenarios cinematográficos. Gladiator o Lawrence de Arabiase han rodado allí. Para quien quiera aventurarse, una recomendación: paciencia. Además del estado de las carreteras, en cualquier parada que se realice un enjambre de niños aparecerá de entre las piedras para pedir algo o vender lo que sea, no importa lo desolado que pueda parecer el paraje.

Por carretera también nos desplazamos hasta Fez. El viaje es largo, pero merece la pena. Interminables planicies desérticas se combinan con puertos de montaña en los que el tiempo y la historia pierden sus dimensiones. La medina de Fez es la más antigua de Marruecos y una de las más grandes de todo el Magreb. Cada uno de sus 785 barrios cuenta con una fuente de agua que abastece a los vecinos, una madraza o escuela coránica, un horno en el que las mujeres cuecen el pan por la mañana -colocando sobre cada hogaza una marca que la diferencia-, un hammam o baño tradicional en donde se relajan y purifican -en turnos bien separados- los hombres y las mujeres, y una mezquita desde cuya torre el muecín llama a oración cinco veces por día. Casi todo lo imaginable puede encontrarse en sus calles, reguero de transacciones que jamás tienen precio fijo y que nos sumergen en tradiciones de otros lugares y otros tiempos. Y todo aquí, a un paso del otro lado del Estrecho.


Leer Mas

El País, 04 de Abril 2006.

El océano Pacífico es la superficie más extensa que posee el planeta sin ningún accidente geográfico que la altere. A lo largo de miles de kilómetros, el viento corre a placer, sin enredarse en montaña o árbol alguno, hasta que se topa con la cordillera de los Andes. Como impulsado por una rampa, sube entonces y vuelve a caer del otro lado, moldeando las formas más extraordinarias en las nubes. Bajo ellas y bajo ese cielo austral que parece el del primer día del mundo, se extiende el parque nacional Los Glaciares, declarado en 1981 patrimonio de la humanidad por la Unesco.

La puerta de entrada a este sitio la constituye El Calafate, una población de algo más de 7.000 habitantes enclavada a orillas del lago Argentino, y que gracias a la reciente edificación de un aeropuerto internacional ha visto incrementada su principal fuente de ingresos: el turismo. La oferta de excursiones es variada, pero hay una que resulta ineludible: la visita al glaciar Perito Moreno.

A las siete y media de la mañana, un autobús recoge a los turistas en sus hoteles. Ya han sido advertidos de la indumentaria que deben llevar: calzado deportivo -de senderismo a ser posible-, ropa abrigada, anorak, gafas de sol, crema protectora, guantes y gorro de lana; incluso en el verano austral (de diciembre a marzo) no debemos olvidar las latitudes en las que nos encontramos. Algo más de una hora nos toma bordear el lago Argentino, para terminar desembocando en un bosque de lengas, ciruelillos, alerces y calafates que nos acompaña hasta la llegada. La luz de la mañana quiere entibiar el aire que aún se esconde bajo las copas de los árboles. Descendemos del autobús y, tras una escueta explicación del guía, nos dirigimos hacia la zona del embarcadero.

Primera vista del glaciar: una muralla de más de 300 metros y de entre 60 y 80 de alto, de un azul tenue y eléctrico, que apenas nos ve aparecer, deja caer un trozo de hielo a modo de saludo. Lo primero que se siente es el sonido -como una rama que se quiebra-, lo cual orienta a los ojos para saber hacia dónde mirar; entonces, aquella masa se desprende a cámara lenta y entra al agua levantando una ola blanca y espumosa. Silencio entre los turistas. Un transbordador nos cruza al otro lado del lago, donde esperan los guías para colocarnos los crampones: rudas plataformas de hierro dentado que amarran con cintas a nuestros pies. Ordenados en fila india, nos adentramos en el glaciar. A cada paso, los crampones se hunden en el hielo, y los guías explican que no es hielo en realidad. Se trata de nieve compactada por el propio peso de las sucesivas capas que han ido cayendo. Así, el aire va siendo expulsado hasta que sólo quedan cristales, tan puros como un diamante; de ahí su color azul.

Avanzamos entre agujas que se elevan por todas partes, subimos y bajamos torres, salvamos profundas grietas. El mundo es blanco de pronto, y nosotros lo recorremos como se recorren los parajes de un sueño. Junto a una laguna turquesa se encuentra la entrada de una caverna. Del techo de cristal celeste gotean gotas milenarias; el suelo, congelado, refleja el brillo de las paredes; la casa de Superman en el polo se me viene a la memoria. Continuamos nuestra marcha por aquel páramo helado, hasta que al final del recorrido, en una hondonada blanca y profunda, una mesa de madera nos espera llena de vasos. «Sírvanse ustedes el hielo», anuncia sonriente el guía mientras extrae de una caja un par de botellas de whisky. Así lo hacemos y, como en un anuncio, enfriamos nuestras bebidas con el hielo del glaciar.

Spegazzini, el Onelli y el Upsala

Pero el Perito Moreno no es el único glaciar en la cuenca del lago. De entre los más importantes cabe destacar el Spegazzini, el Onelli y el Upsala, este último el de mayor extensión de toda Suramérica, con una superficie aproximada de 595 kilómetros cuadrados, es decir, unas seis veces la de la ciudad de Barcelona. La mejor manera de visitarlos es por barco. Una expedición que sale de Puerto Bandera se acerca hasta sus paredes esquivando los témpanos que de ellas se desprenden. El agua, por su parte, tiene un color metálico. Al parecer, el desplazamiento de los glaciares sobre la roca provoca una delicada erosión que libera microscópicas partículas minerales, tan pequeñas que resultan más livianas que el agua y permanecen allí suspendidas, dotándola de aquella inquietante tonalidad.

Se puede ir de pesca a alguno de los muchos ríos o lagos del parque, o se pueden organizar cabalgatas por valles y montes. Se pueden degustar platos autóctonos -el cordero patagónico es una de las especialidades-, o pasar simplemente unos días en alguna de las muchas estancias que han sido acondicionadas para recibir a los viajeros. Para los amantes del andinismo y el trekking, la pequeña localidad de El Chaltén -a los pies del monte Fitz Roy y a unos 220 kilómetros de El Calafate- satisface todos los gustos. Excursiones de un día o de varios (así como todo el material necesario para la acampada) pueden ser contratadas en la villa.

Resulta imposible verlo todo. Todo es inmenso, inabarcable. Hasta los ojos más voraces se ven excedidos. Hay, saliendo de El Calafate, un bar con el nombre de Shackleton. El dueño es un admirador del mítico explorador inglés y posee todo el material que sobre él se haya escrito. Aparte de la cerveza artesanal que acompañará la charla, el atardecer se ve bien desde ahí. Los vientos del Pacífico han decorado las nubes, y el naranja del cielo tiñe de dorado el lago. Uno piensa entonces en la nieve y en los hielos, y en la parsimonia con que el tiempo fue tallando todo aquello. Y se queda ahí sentado, disfrutando del silencio.


Leer Mas